No sabíamos qué había sido de él, qué era de él, quién era él, realmente; su existencia estuvo siempre rodeada por el aura turbia y misteriosa de los mitos extraños. Apareció en la conciencia del mundo occidental el día en que cayeron dos de sus símbolos más altos y visibles, aquel par de torres brillantes, neoyorquinas y gemelísimas en vida y destino. Desde entonces fue un poco una leyenda, como esos forajidos del oeste que se buscan, se quieren, Wanted: dead or alive, pero en versión menos amable, más bien siniestra: un enemigo público número uno con turbante y barba valleinclaniana y mora. Aunque la megacrisis económica y otros asuntos más prosaicos habían conseguido que lo olvidáramos por el momento, para qué negarlo.
![]() |
| (Imagen: abc.es) |
El pasado 1 de mayo vuelve a aparecer ante nosotros, a través de un suculento notición: ha muerto, lo han matado. Una unidad especial del ejército estadounidense, que le tenía ganas desde hacía tiempo y le seguía la pista de cerca, aseguran, le ha pegado unos cuantos tiros en un caserón de Islamabad, Pakistán. Aquí al lado, como quien dice. No hay fotos. Un funeral rápido, un cuerpo tirado al mar. Y al instante un millón de dudas, de sospechas, de contradicciones. Raro, raro, raro. La gente quiere saber más y casi no hay información. Las opiniones se dividen y las conjeturas se expanden: estaba muerto ya de antes y acaba de ser encontrado; lo han hecho trizas de tal manera que había que limpiar la cosa pronto y sin testimonios gráficos; no quisieron arriesgarse a ser legales deteniéndolo, juzgándolo y encarcelándolo porque era un pájaro que tenía muchos secretos que cantar. Teorías, peregrinas o razonables, que comparten la desgracia de que nunca podrán ser probadas.
Que se está mejor sin el proclamado mayor terrorista de todos los tiempos parece claro. Que daba igual que estuviera vivo o muerto porque sus correligionarios se las pintan solos, también. Ergo, nos encontramos casi como al principio, o peor. El islamismo radical no conoce de muchos límites; si a la mínima te la montan, por la muerte de su líder qué no harán. Y digo yo entonces: qué necesidad. Por eso no se entiende mucho la alegría y la fiesta de unos, e indigna y da rabia y miedo el dolor de algunos otros, porque todo parte, recorre y desemboca desde, por, y en algo, no igual, pero de aspecto y consecuencias parecidas. Y es que al final va a ser verdad lo que nos define y nos caracteriza: la muerte, que nos sienta tan, tan bien...

No hay comentarios:
Publicar un comentario