Éramos pocos y nos crecieron los enanos. O algunas hortalizas. La guinda de los españoles en estos días inciertos es verde y tiene muchas vitaminas y minerales. A Alemania se le ha ocurrido que queda bonito decidir, porque sí, porque ella puede, porque ella lo vale, que la culpa de las 16 muertes por la bacteria E.Coli en su territorio es del pepino español. Nada más fácil que acusar. Los análisis han demostrado que nuestros cucurbitáceos son inocentes, pero media Europa, Rusia y EE.UU. han cerrado sus mercados a las importaciones de verduras españolas. Difama, que algo queda. El "pepinazo" ha hecho caer en picado las ventas de este sector en nuestro país, ha apretado un poco más la tuerca de la asfixia económica imperante y ha puesto de relieve, por enésima vez, que seguimos siendo, desgraciadamente, los "pringados" del continente. Ahora toca emprender acciones legales y pedir responsabilidades. ¡Ja! Ni siquiera Bruselas se ha querido mojar de buenas a primeras por no enfadar a su niña mimada y, vete tú a saber, si también porque ha seguido, hasta hace dos días, sin fiarse de nosotros. Seguro que le salía rentable. Conmovedoras las campañas televisivas patrias: "¡Estamos contigo, pepino!". Por lo menos aquí lo tenemos claro, que no es poco, pero no hay indemnización que pueda cubrir a la vez perjuicios y prejuicios. No dejarán nunca de mirarnos por encima del hombro en nuestra propia casa. Y parte de la culpa es nuestra.
Y José Ortega Cano parece que mejora muy lentamente dentro de la gravedad en la que sigue después de haber sido víctima de un terrible accidente de tráfico el pasado día 28 de mayo. Lo de "víctima" es un decir, lingüístico y humano, porque de resultas de la brutal colisión --según fuentes policiales, debido a un exceso de velocidad del coche que conducía el ex torero-- muríó una persona inocente, Carlos Parra Castillo, la víctima de verdad. Y las alharacas en los medios se las lleva, en cambio, el presunto y, como mínimo, imprudente verdugo. Esperamos, no obstante, que se recupere, porque no es deseable la muerte de una persona y, sobre todo, porque aún no conocemos las circunstancias en las que el horrible siniestro sucedió. Quizá el viudo de Rocío Jurado, a quien también asiste un elemental derecho de defensa del que no le podemos ni debemos despojar, nos las pueda llegar a contar si se recupera. Pero sí desearíamos que ciertas cosas cambiasen, y que se repartiesen de otro modo, más justo y equitativo, la atención pública y las pompas fúnebres mediáticas.
Mientras, los políticos, a sus cosas. Los unos que, como parece que ya no son los amos del cotarro, no están en lo que tendrían que estar. Los otros, porque, frotándose las manos, se duermen en los laureles, concentrados en la ansiada sucesión. Siempre lo paso mal el día de las elecciones, el cuerpo se me revuelve y me entran ganas de llorar. La fiesta de la democracia, la llaman. Menuda fiesta más triste.

