3 jun 2011

El "pepinazo", un siniestro muy mediático y la fiesta triste

Éramos pocos y nos crecieron los enanos. O algunas hortalizas. La guinda de los españoles en estos días inciertos es verde y tiene muchas vitaminas y minerales. A Alemania se le ha ocurrido que queda bonito decidir, porque sí, porque ella puede, porque ella lo vale, que la culpa de las 16 muertes por la bacteria E.Coli en su territorio es del pepino español. Nada más fácil que acusar. Los análisis han demostrado que nuestros cucurbitáceos son inocentes, pero media Europa, Rusia y EE.UU. han cerrado sus mercados a las importaciones de verduras españolas. Difama, que algo queda. El "pepinazo" ha hecho caer en picado las ventas de este sector en nuestro país, ha apretado un poco más la tuerca de la asfixia económica imperante y ha puesto de relieve, por enésima vez, que seguimos siendo, desgraciadamente, los "pringados" del continente. Ahora toca emprender acciones legales y pedir responsabilidades. ¡Ja! Ni siquiera Bruselas se ha querido mojar de buenas a primeras por no enfadar a su niña mimada y, vete tú a saber, si también porque ha seguido, hasta hace dos días, sin fiarse de nosotros. Seguro que le salía rentable. Conmovedoras las campañas televisivas patrias: "¡Estamos contigo, pepino!". Por lo menos aquí lo tenemos claro, que no es poco, pero no hay indemnización que pueda cubrir a la vez perjuicios y prejuicios. No dejarán nunca de mirarnos por encima del hombro en nuestra propia casa. Y parte de la culpa es nuestra.

Y José Ortega Cano parece que mejora muy lentamente dentro de la gravedad en la que sigue después de haber sido víctima de un terrible accidente de tráfico el pasado día 28 de mayo. Lo de "víctima" es un decir, lingüístico y humano, porque de resultas de la brutal colisión --según fuentes policiales, debido a un exceso de velocidad del coche que conducía el ex torero-- muríó una persona inocente, Carlos Parra Castillo, la víctima de verdad. Y las alharacas en los medios se las lleva, en cambio, el presunto y, como mínimo, imprudente verdugo. Esperamos, no obstante, que se recupere, porque no es deseable la muerte de una persona y, sobre todo, porque aún no conocemos las circunstancias en las que el horrible siniestro sucedió. Quizá el viudo de Rocío Jurado, a quien también asiste un elemental derecho de defensa del que no le podemos ni debemos despojar, nos las pueda llegar a contar si se recupera. Pero sí desearíamos que ciertas cosas cambiasen, y que se repartiesen de otro modo, más justo y equitativo, la atención pública y las pompas fúnebres mediáticas.

Mientras, los políticos, a sus cosas. Los unos que, como parece que ya no son los amos del cotarro, no están en lo que tendrían que estar. Los otros, porque, frotándose las manos, se duermen en los laureles, concentrados en la ansiada sucesión. Siempre lo paso mal el día de las elecciones, el cuerpo se me revuelve y me entran ganas de llorar. La fiesta de la democracia, la llaman. Menuda fiesta más triste.

19 may 2011

Y tembló Twitter

Eran poco más de las cinco en punto de la tarde, casi como en el verso lorquiano, y el teléfono empezó a sonar. El día estaba siendo todo lo apacible que puede ser un día cualquiera en un sitio como este, en el que lo normal es que no haya nada de apacibilidad. Comenzó una movilización rápida pero serena de coches, cámaras de televisión y reporteros; tenemos una noticia, quizá no de gran alcance, pero una noticia: han temblado los cimientos de la huerta de Europa. No se sabe exactamente en cuántos puntos, no se sabe exactamente con cuánta intensidad; puede que no más que un simple susto que, no obstante, nos alimentará informativamente y nos dará un par de jornadas de trabajo extra. ¿Dónde acudir para recabar datos fiables? La última hora de los medios en la Red no dice nada, pero en la redacción se oyen las voces de los directores: ¡Twitter! Los telespectadores, los amigos, la familia, improvisados corresponsales a lo largo y ancho de la Región, nos lo cuentan por teléfono, pero es lo más selecto de la red social del pajarito quien extiende las primeras informaciones globales y contrastadas. No ha habido daños personales, sí unos cuantos destrozos y un sobresalto monumental. Un par de retransmisiones en directo, y vuelta, al menos momentánea, a la programación normal.


                                      
Acababa nuestro turno y nos marchábamos ya cuanto todo cambió. Esta segunda vez no necesitamos ni una sola llamada de aviso. Las cristaleras de la sección de Informativos se bambolearon, y la capital, ahora sí, temió durante varios segundos lo peor. El piso se movió, y luego dejó de moverse bajo nuestros pies; acto seguido llegó la carrera, horas frenéticas en las que unos cuantos miedos se confirmaron, horas en las que la realidad parecía querer correr más rápido que los periodistas, y en las que de nuevo Twitter se erigía en guía de todos. Lo más efectivo y seguro era buscar en él: el epicentro, los grados, las víctimas, los daños, las posibles réplicas, las movilizaciones... Todo entraba y salía primero por Twitter.

La Tierra, que a veces no nos da tregua, que se hace presente en nuestras vidas con despiadada continuidad, como para querer recordarnos que ahí está ella, y que da zarpazos cuando quiere. Hace dos meses en un lugar lejano y ahora mismo en nuestra propia casa, porque está cansada de descansar, porque tiene ganas de jugar, de ser ella misma.

Una semana ha pasado ya del mayor desastre humano de los últimos cincuenta años en suelo español provocado por un temblor de las entrañas de nuestro planeta. Todos conocemos a estas alturas cuáles han sido sus consecuencias, lo hemos visto, oído y leído en todos y cada uno de los medios de comunicación, en casi el mundo entero. Muestras de heroísmo, de amor infinito hasta la muerte y de picaresca. Después de todo, el género humano. La ciudad de Lorca se reconstruye poco a poco, con miedo pero con alguna que otra pizca de esperanza como asidero asistencial, con esa cierta seguridad que confiere pertenecer a un país rico, en muy mal momento económico, con poco dinero y mucha desesperación, pero con un tejido institucional y social y unos recursos que, si bien exiguos, no obstante permiten, más allá de la solidaridad de la ciudadanía, individual o de grupo, la posibilidad --a pesar de la crisis--  de una mínima cobertura por parte de los poderes públicos. Algo que no se puede decir cada vez que la tierra se estremece, porque un terremoto es, siempre, y en todos los sentidos, una pequeña ruleta rusa. Algunas cosas no cambian, pero otras sí. La próxima vez, Twitter será también el primero en temblar.



7 may 2011

La muerte nos sienta tan bien

No sabíamos qué había sido de él, qué era de él, quién era él, realmente; su existencia estuvo siempre rodeada por el aura turbia y misteriosa de los mitos extraños. Apareció en la conciencia del mundo occidental el día en que cayeron dos de sus símbolos más altos y visibles, aquel par de torres brillantes, neoyorquinas y gemelísimas en vida y destino. Desde entonces fue un poco una leyenda, como esos forajidos del oeste que se buscan, se quieren, Wanted: dead or alive, pero en versión menos amable, más bien siniestra: un enemigo público número uno con turbante y barba valleinclaniana y mora. Aunque la megacrisis económica y otros asuntos más prosaicos habían conseguido que lo olvidáramos por el momento, para qué negarlo.

(Imagen: abc.es)

El pasado 1 de mayo vuelve a aparecer ante nosotros, a través de un suculento notición: ha muerto, lo han matado. Una unidad especial del ejército estadounidense, que le tenía ganas desde hacía tiempo y le seguía la pista de cerca, aseguran, le ha pegado unos cuantos tiros en un caserón de Islamabad, Pakistán. Aquí al lado, como quien dice. No hay fotos. Un funeral rápido, un cuerpo tirado al mar. Y al instante un millón de dudas, de sospechas, de contradicciones. Raro, raro, raro. La gente quiere saber más y casi no hay información. Las opiniones se dividen y las conjeturas se expanden: estaba muerto ya de antes y acaba de ser encontrado; lo han hecho trizas de tal manera que había que limpiar la cosa pronto y sin testimonios gráficos; no quisieron arriesgarse a ser legales deteniéndolo, juzgándolo y encarcelándolo porque era un pájaro que tenía muchos secretos que cantar. Teorías, peregrinas o razonables, que comparten la desgracia de que nunca podrán ser probadas.

Que se está mejor sin el proclamado mayor terrorista de todos los tiempos parece claro. Que daba igual que estuviera vivo o muerto porque sus correligionarios se las pintan solos, también. Ergo, nos encontramos casi como al principio, o peor. El islamismo radical no conoce de muchos límites; si a la mínima te la montan, por la muerte de su líder qué no harán. Y digo yo entonces: qué necesidad. Por eso no se entiende mucho la alegría y la fiesta de unos, e indigna y da rabia y miedo el dolor de algunos otros, porque todo parte, recorre y desemboca desde, por, y en algo, no igual, pero de aspecto y consecuencias parecidas. Y es que al final va a ser verdad lo que nos define y nos caracteriza: la muerte, que nos sienta tan, tan bien...

11 mar 2011

11

Conozco a mucha gente que ha nacido un día 11. Nacer es un acontecimiento en principio feliz. Pobres y ricas, inteligentes y estúpidas, afables y antipáticas, talentosas y mediocres, fracasadas o triunfadoras, humanas y despiadadas, buenas y malas, todas estas personas hoy están vivas, y todas ellas tienen algo en común: consideran el día 11 un motivo de celebración. También los deportistas que han llegado a la gloria con tal guarismo a sus espaldas. Y, sin embargo, esa doble, inofensiva unidad está grabada en muchos corazones con lágrimas en forma de número.

Escribo esto apenas despedido un 11 nuevamente fatídico. Tan solo veinte minutos pasan del girar del día. A esta hora, el terror radiactivo, silencioso pero visible, parece a punto de escapar de su cárcel de acero  para arrastrarse por las inmediaciones de una Fukushima instantánea y mundialmente conocida y aun así paralizada por las circunstancias, rezándole al dios de los dispositivos de seguridad. Es el mayor terremoto de la historia de Japón, casi 9 grados en la escala de Richter, apellido con jota alemana que igual evoca la Tierra estremeciéndose que la música de Prokofiev en sonar celestial. Se esperan mil muertos, se espera el suma y sigue. Un tsunami, cinco incendios, una posible fuga nuclear. Un dominó de luto, con fichas colocadas en la justa y milimétrica medida de la equidistancia, probablemente por la noche. Porque nadie lo vio; será que alguien quería jugar solo. 11 de marzo de 2011, hermosa, cadente fonética, para pasto, otra vez, de numerólogos sin escrúpulos y pájaros de absurdo agüero. La naturaleza, arrebatada e incontrolable, cruel pero inocente, ha vuelto a hacer una marca en el calendario. Un 11, pero de septiembre y no tan lejano, dos mil personas perdieron sus sueños, escondidos en dos torres de cristal; entonces sí hubo culpables a quienes no se logró reducir. El destino se repite, la fecha también. Y la tragedia japonesa de este 11 de ahora viene a hermanarse con otra efeméride a la fuerza segundona. Estaba preparada para ocupar portada durante todo el día y, al llegar la tarde, de una sacudida, casi se queda en cuadrante inferior derecho, página par. Pero en las calles de Madrid se siguen colocando flores, de una en una, de once en once.

8 mar 2011

Algunas joyas olvidadas y descatalogadas



Hace treinta y cinco años que trabajo con papel viejo y ésta es mi love story. Hace treinta y cinco años que prenso libros y papel viejo, treinta y cinco años que me embadurno con letras, hasta el punto de parecer una enciclopedia, una más entre las muchas de las cuales, durante todo este tiempo, habré comprimido alrededor de treinta toneladas, soy una jarra llena de agua viva y agua muerta, basta que me incline un poco para que me rebosen los más bellos pensamientos, soy culto a pesar de mí mismo y ya no sé qué ideas son mías, surgidas propiamente de mí, y cuáles he adquirido leyendo, y es que durante estos treinta y cinco años me he amalgamado con el mundo que me rodea porque yo, cuando leo, de hecho no leo, sino que tomo una frase bella en el pico y la chupo como un caramelo, la sorbo como una copita de licor, la saboreo hasta que, como el alcohol, se disuelve en mí, la saboreo durante tanto tiempo que acaba no sólo penetrando mi cerebro y mi corazón, sino que circula por mis venas hasta las raíces mismas de los vasos sanguíneos. Por regla general, prenso unas dos toneladas por mes, y para tener fuerzas para este bendito trabajo, durante treinta y cinco años he bebido tanta cerveza que con ella se podría llenar una piscina olímpica o una buena cantidad de viveros de carpas navideñas. De esta manera, a pesar de mí mismo, me he vuelto sabio y ahora me doy cuenta de que mi cerebro es un fajo de pensamientos prensados en la prensa mecánica, mi cabeza calva es la nuez de Cenicienta, y sé bien que los tiempos en los que el pensamiento estaba inscrito en la memoria humana tenían que ser mucho más hermosos; si en aquel tiempo alguien hubiese querido prensar libros, tendría que haber prensado cabezas humanas, pero tampoco eso habría servido para nada, porque los verdaderos pensamientos provienen del exterior, van junto al hombre como su fiambrera de fideos y por eso todos los inquisidores del mundo queman los libros en vano, porque cuando un libro comunica algo válido, su ritmo silencioso persiste incluso mientras lo devoran las llamas, y es que un verdadero libro siempre indica algún camino nuevo que conduce más allá de sí mismo.


Bohumil Hrabal, Una soledad demasiado ruidosa

4 mar 2011

Abraza la vida

Aún queda para Semana Santa, próxima gran ocasión de peligro oficial y masivo en nuestras carreteras, y ya habrá tiempo, por desgracia, de hacer recuento de víctimas. El protagonismo mediático y cotidiano lo tienen ahora el precio de la gasolina y la reducción recién impuesta por el Gobierno español del límite máximo de velocidad a 110 km/hora "para ahorrar combustible" y, ya de paso, al menos supuestamente y aun con controversias, alguna que otra vida (esperémoslo).

Controvertidas son también las campañas televisivas de nuestra DGT sobre seguridad vial, de las que no sabemos, por cierto, si tendremos alguna al caer. En lugar de concentrarnos en tratar de conducir mejor, todo se nos va en discutir si los anuncios son excesivamente agresivos, si la violencia de sus imágenes invita al miedo y resulta contraproducente o, si, por el contrario, ver tanto muerto de juguete nos deja totalmente fríos. Aprovecho la coyuntura para traer aquí un vídeo recién descubierto, me temo que con cierto retraso por mi parte, con el que la Sussex Safer Road Partnership (algo así como la Asociación por unas Carreteras Más Seguras de Sussex), empezó a recordar el año pasado a los conductores británicos la necesidad de ponerse el cinturón de seguridad. 

Queriéndolo o sin querer, a estos ingleses les salió una pequeña obra de arte audiovisual y un ejemplo pluscuamperfecto de comunicación no verbal. Sobran las palabras.

Conduzcan con cuidado.




27 feb 2011

Tres décadas de una ovación



Recurrente, inevitable, socorrido y, con todo, lógicamente merecido tema de telediarios, columnas en periódicos y debates radiofónicos estos días, así como por todo lo ancho y largo de Internet. Se cumplen treinta años del intento de golpe de Estado por parte del ex teniente coronel Antonio Tejero. Fue el 23 de febrero de 1981, un día histórico en el que nuestro país le debe mucho mucho al periodismo. Una "larga noche de los transistores", como se le ha llamado, larga para todos, especialmente larga para los cámaras de televisión que, sorteando mil obstáculos, se la jugaron para ofrecer a España las imágenes de lo que estaba sucediendo, y muy larga para los periodistas que hicieron guardia, salieron a la calle, recogieron el sentir de los ciudadanos, escribieron, contaron, trasladaron como pudieron y en cuanto pudieron toda la información. Y nos llevaron hasta casa el discurso del Rey, llamando al orden, a la paz y a la democracia. 

Cuando se reanudó la sesión del Congreso, cuarenta y ocho horas después de la entrada de los asaltantes, la Cámara dedicó, en pie, cinco ovaciones: la primera, al general Gutiérrez Mellado; la segunda, a la Constitución; la tercera, al Rey; la cuarta, a las Fuerzas Armadas. La quinta de las ovaciones, en ese instante triunfante y aliviado, fue para los periodistas. Los periódicos hablaron de la "altura y dignidad" que los medios de comunicación concedieron al pueblo español en momentos tan difíciles y de su contribución al mantenimiento de una serenidad vital en aquel trance. En el año 2003, los representantes de los periodistas recibieron la Placa de Honor de la Orden del Mérito Constitucional por su "actitud al servicio de la Constitución y de los valores y principios en ella establecidos".

Hoy culpamos a los periodistas de unos cuantos grandes males que asolan a la sociedad y, aunque duela decirlo, no es esta una acusación totalmente falsa. Pero también es periodismo aquello de hace treinta años y es responsabilidad de todos que siga siéndolo.