Recurrente, inevitable, socorrido y, con todo, lógicamente merecido tema de telediarios, columnas en periódicos y debates radiofónicos estos días, así como por todo lo ancho y largo de Internet. Se cumplen treinta años del intento de golpe de Estado por parte del ex teniente coronel Antonio Tejero. Fue el 23 de febrero de 1981, un día histórico en el que nuestro país le debe mucho mucho al periodismo. Una "larga noche de los transistores", como se le ha llamado, larga para todos, especialmente larga para los cámaras de televisión que, sorteando mil obstáculos, se la jugaron para ofrecer a España las imágenes de lo que estaba sucediendo, y muy larga para los periodistas que hicieron guardia, salieron a la calle, recogieron el sentir de los ciudadanos, escribieron, contaron, trasladaron como pudieron y en cuanto pudieron toda la información. Y nos llevaron hasta casa el discurso del Rey, llamando al orden, a la paz y a la democracia.
Cuando se reanudó la sesión del Congreso, cuarenta y ocho horas después de la entrada de los asaltantes, la Cámara dedicó, en pie, cinco ovaciones: la primera, al general Gutiérrez Mellado; la segunda, a la Constitución; la tercera, al Rey; la cuarta, a las Fuerzas Armadas. La quinta de las ovaciones, en ese instante triunfante y aliviado, fue para los periodistas. Los periódicos hablaron de la "altura y dignidad" que los medios de comunicación concedieron al pueblo español en momentos tan difíciles y de su contribución al mantenimiento de una serenidad vital en aquel trance. En el año 2003, los representantes de los periodistas recibieron la Placa de Honor de la Orden del Mérito Constitucional por su "actitud al servicio de la Constitución y de los valores y principios en ella establecidos".
Hoy culpamos a los periodistas de unos cuantos grandes males que asolan a la sociedad y, aunque duela decirlo, no es esta una acusación totalmente falsa. Pero también es periodismo aquello de hace treinta años y es responsabilidad de todos que siga siéndolo.
