27 feb 2011

Tres décadas de una ovación



Recurrente, inevitable, socorrido y, con todo, lógicamente merecido tema de telediarios, columnas en periódicos y debates radiofónicos estos días, así como por todo lo ancho y largo de Internet. Se cumplen treinta años del intento de golpe de Estado por parte del ex teniente coronel Antonio Tejero. Fue el 23 de febrero de 1981, un día histórico en el que nuestro país le debe mucho mucho al periodismo. Una "larga noche de los transistores", como se le ha llamado, larga para todos, especialmente larga para los cámaras de televisión que, sorteando mil obstáculos, se la jugaron para ofrecer a España las imágenes de lo que estaba sucediendo, y muy larga para los periodistas que hicieron guardia, salieron a la calle, recogieron el sentir de los ciudadanos, escribieron, contaron, trasladaron como pudieron y en cuanto pudieron toda la información. Y nos llevaron hasta casa el discurso del Rey, llamando al orden, a la paz y a la democracia. 

Cuando se reanudó la sesión del Congreso, cuarenta y ocho horas después de la entrada de los asaltantes, la Cámara dedicó, en pie, cinco ovaciones: la primera, al general Gutiérrez Mellado; la segunda, a la Constitución; la tercera, al Rey; la cuarta, a las Fuerzas Armadas. La quinta de las ovaciones, en ese instante triunfante y aliviado, fue para los periodistas. Los periódicos hablaron de la "altura y dignidad" que los medios de comunicación concedieron al pueblo español en momentos tan difíciles y de su contribución al mantenimiento de una serenidad vital en aquel trance. En el año 2003, los representantes de los periodistas recibieron la Placa de Honor de la Orden del Mérito Constitucional por su "actitud al servicio de la Constitución y de los valores y principios en ella establecidos".

Hoy culpamos a los periodistas de unos cuantos grandes males que asolan a la sociedad y, aunque duela decirlo, no es esta una acusación totalmente falsa. Pero también es periodismo aquello de hace treinta años y es responsabilidad de todos que siga siéndolo.

Uno de los nuestros

Un adolescente Mario Vargas Llosa, en primer plano, en el diario limeño "La Crónica". (Fuente: www.larepublica.pe)
No hablamos de mafia. El título de la entrada nada tiene que ver con la extraordinaria película que Martin Scorsese dirigiera en 1990, sino con un acontecimiento que tuvo lugar el día 7 de octubre del año pasado: el escritor peruano Mario Vargas Llosa, galardonado con el Premio Nobel de Literatura. En su discurso de aceptación del premio, "Elogio de la lectura y la ficción", pronunciado ante la Academia Sueca dos meses después del anuncio del galardón, y que puede ser ya considerado la última de sus obras maestras, Vargas Llosa recuerda, entre otras cosas, que él también fue periodista. Viene a engrosar, por tanto, la lista --pequeña o grande, según se quiera mirar-- de nobeles literatos que dedicaron una parte importante de sus vidas al oficio de dar información, y en la que figuran autores celebérrimos como Gabriel García Márquez, Camilo José Cela, Ernest Hemingway, Henryk Sienkiewicz, George Bernard Shaw, Albert Camus, John Steinbeck o José Saramago. Por no hablar de Chesterton, Capote, Delibes... Que no necesitaron elevadísimos laureles para ser escritores y periodistas absolutamente geniales.

La profesión sigue de fiesta y ello puede servir, por qué no, para fomentar vocaciones profundas y alimentar nuevos y renovados sueños que, aun resultando con toda seguridad excesivamente románticos, no dejan de ser también estricta y rigurosamente necesarios en el periodismo de hoy en día. Sueños como aquel que soñaron y nos hicieron soñar en 1972 los jovenzuelos Bob Woodward y Carl Bernstein, al poner en práctica lo que para muchos es la esencia del periodismo y conseguir con ello tumbar a todo un presidente de los Estados Unidos de América. Cuántos pupitres se llenaron en las facultades de Ciencias de la Información del mundo entero por culpa del Watergate, y cuántos profesionales también aquí en España habrán perseguido -algunos, los mejores, llegando a alcanzarlo- el ansiado fin de dar con una noticia, una historia o una idea excepcionales o de --ahí es nada-- poner contra las cuerdas al poder, e incluso bajarlo del ring. Con y sin premio. O de seguir intentándolo, trabajando día a día, en condiciones con frecuencia poco menos que inhumanas y casi siempre jubilándose en el empeño.

Pero lo que más importa es que son periodistas y lo hacen bien.

Así pues, felicidades a uno de los nuestros. Otro de los nuestros.