Eran poco más de las cinco en punto de la tarde, casi como en el verso lorquiano, y el teléfono empezó a sonar. El día estaba siendo todo lo apacible que puede ser un día cualquiera en un sitio como este, en el que lo normal es que no haya nada de apacibilidad. Comenzó una movilización rápida pero serena de coches, cámaras de televisión y reporteros; tenemos una noticia, quizá no de gran alcance, pero una noticia: han temblado los cimientos de la huerta de Europa. No se sabe exactamente en cuántos puntos, no se sabe exactamente con cuánta intensidad; puede que no más que un simple susto que, no obstante, nos alimentará informativamente y nos dará un par de jornadas de trabajo extra. ¿Dónde acudir para recabar datos fiables? La última hora de los medios en la Red no dice nada, pero en la redacción se oyen las voces de los directores: ¡Twitter! Los telespectadores, los amigos, la familia, improvisados corresponsales a lo largo y ancho de la Región, nos lo cuentan por teléfono, pero es lo más selecto de la red social del pajarito quien extiende las primeras informaciones globales y contrastadas. No ha habido daños personales, sí unos cuantos destrozos y un sobresalto monumental. Un par de retransmisiones en directo, y vuelta, al menos momentánea, a la programación normal.
Acababa nuestro turno y nos marchábamos ya cuanto todo cambió. Esta segunda vez no necesitamos ni una sola llamada de aviso. Las cristaleras de la sección de Informativos se bambolearon, y la capital, ahora sí, temió durante varios segundos lo peor. El piso se movió, y luego dejó de moverse bajo nuestros pies; acto seguido llegó la carrera, horas frenéticas en las que unos cuantos miedos se confirmaron, horas en las que la realidad parecía querer correr más rápido que los periodistas, y en las que de nuevo Twitter se erigía en guía de todos. Lo más efectivo y seguro era buscar en él: el epicentro, los grados, las víctimas, los daños, las posibles réplicas, las movilizaciones... Todo entraba y salía primero por Twitter.
La Tierra, que a veces no nos da tregua, que se hace presente en nuestras vidas con despiadada continuidad, como para querer recordarnos que ahí está ella, y que da zarpazos cuando quiere. Hace dos meses en un lugar lejano y ahora mismo en nuestra propia casa, porque está cansada de descansar, porque tiene ganas de jugar, de ser ella misma.
Una semana ha pasado ya del mayor desastre humano de los últimos cincuenta años en suelo español provocado por un temblor de las entrañas de nuestro planeta. Todos conocemos a estas alturas cuáles han sido sus consecuencias, lo hemos visto, oído y leído en todos y cada uno de los medios de comunicación, en casi el mundo entero. Muestras de heroísmo, de amor infinito hasta la muerte y de picaresca. Después de todo, el género humano. La ciudad de Lorca se reconstruye poco a poco, con miedo pero con alguna que otra pizca de esperanza como asidero asistencial, con esa cierta seguridad que confiere pertenecer a un país rico, en muy mal momento económico, con poco dinero y mucha desesperación, pero con un tejido institucional y social y unos recursos que, si bien exiguos, no obstante permiten, más allá de la solidaridad de la ciudadanía, individual o de grupo, la posibilidad --a pesar de la crisis-- de una mínima cobertura por parte de los poderes públicos. Algo que no se puede decir cada vez que la tierra se estremece, porque un terremoto es, siempre, y en todos los sentidos, una pequeña ruleta rusa. Algunas cosas no cambian, pero otras sí. La próxima vez, Twitter será también el primero en temblar.
